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12 Compases

Lista de Tareas Pendientes
domingo, 8 de junio de 2008

Lo hemos visto en muchas películas; y en cierta manera todos tenemos una de estas. Me explico: típico tipo que sabe que le queda poco de vida, y decide emprender una lista de tareas pendientes antes de que el final se le eche encima, por aquello de irse satisfecho al otro barrio. Ya sabéis por dónde voy ¿no?

Bueno, yo no sé cuánto me quedará, ni tengo una hoja de papel amarillento que escribiera un día de borrachera, mientras trataba de dilucidar porqué el universo físico se movía alrededor de mi centro de gravedad, cual tiovivo ideado por un psicópata omnipotente y con un extraño sentido del humor (porque sí, amigos, Dios es un psicópata... pero eso es otra historia). Sin embargo, sí hay cosas que quiero hacer antes de salir de este cuento con los pies por delante.

Normalmente soy una persona que, aunque aspira a mucho, se siente feliz con muy poco. Aspiro a ganar mucha pasta y ocupar un puesto importante, pero soy feliz cuando disfruto con mi trabajo y lo hago bien -aunque en lugar de Business Manager sea The Last Monkey Business (el último mono de la empresa)-. Aspiro a ser un brillante escritor de novelas y relatos, y que se hable bien de mi obra en los círculos literarios, pero soy feliz cuando escribo un post normal y corriente y leo vuestros comentarios. Aspiro a tener a mi lado a una persona que me ame y me comprenda, que me complemente... pero he llegado a la conclusión de que estoy mejor solo que mal acompañado... Etc.

Alguna de las tareas de mi lista son trascendentales, otras no, sin embargo lo importante no es lo trascendental de dichas tareas, sino que nos satisfagan de una u otra forma. En definitiva, que nos ayuden a ser un poquito más felices.

Bueno, pues el viernes pude tachar otra de las tareas de mi lista, así como quien no quiere la cosa. Estuve tocando la guitarra en el metro.

Debían ser las siete y media o las ocho de la tarde, y volvía de casa de una amiga, después de intentar sin éxito reinstalar una tarjeta 3G en su imac. Como una de las cosas que más me relajan en el mundo es recostarme en la parte de atrás del autobús, escuchar música mientras observo el paisaje urbano, y que el aire fresco de una ventana abierta me revuelva el pelo... decidí coger el interurbano en lugar del cercanías para regresar a casa, por lo que tuve que variar mi ruta (en lugar de coger el bus hacia Atocha, cogí el metro hacia Ciudad Lineal).

Deambulaba al ritmo del gentío, es decir: a toda pastilla, por los vastos pasillos de la estación de Delicias, cuando vi a un ecuatoriano tocando la guitarra. Me llamó la atención por varios motivos: uno - con aquella vestimenta parecía un cruce entre Mick Jagger, Klaus Meine y Lenny Kravitz; dos - se movía mientras tocaba como una auténtica estrella del rock; tres - en la pala de su guitarra tipo Les Paul ponía Gibson. En mi mundo esos tres motivos son suficientes para acercarme y comenzar una conversación, así que le solté una moneda en el estuche y le pregunté por la guitarra. Ya de cerca pude observar que lo de Gibson era una pegatina de esas que vienen en el juego del Guitar Hero para decorar el mando (o lo que a uno le plazca). Se lo comenté y me explicó que no podía traerse una Gibson auténtica al metro porque se la robarían, pero que aquella no estaba mal. Bromeamos y me preguntó si quería tocar. No sé qué diablos se me pasaría por la cabeza en aquel momento, pero le dije que sí, y de repente me vi con la guitarra colgando y la cabeza completamente en blanco, mientras mi nuevo amigo buscaba la distorsión más fuerte que tuviera su pedal (mira que le insistí que como lo tenía él estaba bien...).

El caso es que traté por todos los medios recordar alguna canción. Algo mínimamente decente, y fácilmente reconocible, con lo que salir del paso con dignidad, pero creo que mi dignidad estaba tan ofuscada como yo, después de lo del imac, y ya le daba igual todo. Así que allí estaba yo, con una imitación mala de Gibson Les Paul, una distorsión que se acoplaba, y un enorme derroche de buenas intenciones, que no de inspiración.

Improvisé lo que pude y como pude, con una progresión de acordes en mi menor, contando con que, mientras me mantuviese en la tonalidad aquello no podía sonar mal. Me aventuré con algunas séptimas y armónicos, ya que estábamos, a ver si de lo malo malo podía lucirme, y mi amigo aprovechó la coyuntura para irse a la otra punta del pasillo a tomarse un descanso. Alguien me echó una moneda, y otro alguien me echó una foto. Yo estaba demasiado a lo mío como para prestarle atención a los "alguienes" que, como ratas a la carrera, cruzaban por mi espectáculo improvisado; y las veces que no pensaba en el ridículo espantoso que estaba haciendo incluso me lo pasaba bien.

Cuando me cansé llamé a mi amigo y le devolví la guitarra, charlamos un rato más y emprendí el camino de vuelta a casa, envuelto en el rubor de la vergüenza por el que, probablemente, haya sido el espectáculo más lamentable (musicalmente hablando) que haya dado en mi vida, pero con la satisfacción de saber que acababa de cumplir con una de esas tareas pendientes de mi lista.

Porque sí, me hacía ilusión tocar algún día en el metro, y ahora por fin ya lo he hecho. ¿Veis con qué poquito soy feliz?

Etiquetas:

posted by Blue Devil's @ 10:51,




1 Comments:

At 15 de junio de 2008, 1:36, Blogger Caos said...

Si te hace feliz, deberías probar más a menudo, seguro que con más tiempo te sealdría algo menos desastroso musicalmente, como tu dices, jeje.

Sigue cumpliendo pequeños-grandes sueños.

Bss

 

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